El Horizonte

El horizonte

El hombre salió de su casa y recorrió el sendero, que recortado de piedras y viejas baldosas multicolores lo llevaba más allá de sus linderos. Miró hacia atrás y observó el tejado de su cálido chalet teñido de un verde parduzco, señal inconfundible de la resina de los largos pinos que cercaban su casa.
Camino unos pasos hasta alcanzar la empalizada de madera que como flechas inconmovibles clavadas en la tierra señalaban al cielo, marcando el perímetro de su casa.
Desde ese rincón de la tierra en el que había pasado los últimos cuarenta años de su vida, gozaba serenamente del espectáculo que la naturaleza le brindaba, y se embelesaba con cada puesta de sol, allá detrás de las colinas vestidas de verdes árboles.
Justo allí, frente suyo, ese sol tan inmenso que parecía recostarse sobre el límite mismo del planeta le regalaba a diario, como un soneto de enamorados, sus últimos destellos del día que sabían a poesía.
Atravesó la pequeña puerta buscando unos metros más adelante el camino vecinal, trazo polvoriento y zigzagueante custodiado por ramilletes de cardos, pastizales y eucaliptus,  que lo unía al pequeño pueblo que imaginaba adormecido en el tiempo.
Divisó al joven con el que se cruzaba a diario; a metros de distancia le devolvió como un ritual la pelota, que invariablemente, como un juego, aquel le servía con un pase de malabarista.
Buena esa Don! le dijo el muchacho, vestido con un jean azul y una  camisa a cuadros, que entretenía su marcha jugando con esa pelota.
-Hola campeón, le contestó.
-Siempre lo veo mirar la puesta del sol le inquirió el muchacho.
-Así es, no solo es bello, le replicó…además puedo ver cosas hermosas…señales de vida.  Acaso tú no las ves?
-No, contestó el joven, casi perplejo con lo que acababa de escuchar. Además, balbuceó, están muy lejos esas colinas, veo el sol sí, que comienza a esconderse, pero nada más. Y casi con vergüenza se atrevió a preguntarle: pero que ve Ud. Don?...
-El horizonte, dijo él; el sol, los colores que con sus rayos parecen destellar vida…Es lógico que no los veas….eres joven y tienes mucho por caminar todavía. A medida que transites el sendero de tu  vida tendrás más y más recuerdos que serán como un tesoro. Y cuanto más ames ese tesoro, más te pertenecerán y más rico en sabiduría serás.
Se miraron en silencio mientras la suave brisa acariciaba sus rostros. El muchacho tomó la pelota y la puso debajo de su brazo mientras esperó que el viejo hombre continuara hablando.
Comprendiendo el interrogante de ese gesto le dijo:
-Ves allí?; si miro para adelante veo esa línea que me abraza, y siento dentro mío que me está indicando que ese camino de vía única que es nuestra existencia tiene un final que maravilla; porque uno encuentra el brillo mágico de la vida, los mil colores disfrutados, las mil sonrisas que hemos despertado y todos los llantos que hemos consolado.
Recuerda “campeón” – continuó diciéndole- si somos capaces de sonreír en cada aurora, y si cuando miramos hacia atrás, reconocemos nuestros propios pasos en la ancha franja en que hemos desplegado nuestra existencia, nos daremos cuenta que todos ellos encierran el tesoro que hemos sabido delinear, como delicados orfebres, para que aquellos que nos siguen reconozcan el camino que los guía y se dispongan a sellar sus propios pasos en el insondable sendero de la vida.
Curioso -exclamó el viejo a su interlocutor-, pero en el ocaso de mis días, esa línea representa la vida.
-Pero…qué es esa línea, casi en tono de súplica interrogó el joven.
-Esa línea es el horizonte. Pero no es el final, solo el principio, le aclaró.
El muchacho lo miró extrañado, con cara de no entender demasiado sobre lo que le hablaba, pero esperando una señal que le hiciera comprender el mensaje.
Con voz paternal  el hombre le susurró:
-No tienes necesidad de saberlo aún. Sigue disfrutando de tus juegos, no dañes,  haz el bien y sonríe.
Lo miro cálidamente, y ante la insistencia del joven  con su mano extendida marcó ese punto lejano en el que el sol se despedía. Habló y le dijo:
-El horizonte es esa línea en el que el adiós se transforma en una bienvenida.
El joven le sonrío y se despidió.
El sol ya se había escondido detrás de las colinas. La noche comenzaba a reinar en ese punto de la tierra.
-Bendito seas, Señor, murmuro. Y volvió sobre sus pasos.
c.h.ch



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