Una cuestión del corazón

Una cuestión del corazón 
I.-
Cerró Internet, y apagó el monitor. Había estado frente a la pantalla por más de dos horas chateando, y al mismo tiempo navegando por la red social. Casi como una metodología consensuada tácitamente, mientras uno escribía, el otro dedicaba ese tiempo a actualizar su muro, subir o etiquetar fotos, responder mensajes, dejar comentarios en el muro de sus contactos, etc. etc.
Sonrió al repasar en unos segundos el resultado de esa mecánica. Una sonrisa, casi conformista, resignada, diciéndose a sí mismo: relájate amigo, paciencia, si quieres estar, acepta el sistema; tú eres eso, debes serlo si quieres mantenerte, aunque no quieras o creas que no debes serlo.
Mientras los pensamientos lo inundaban a borbotones se reincorporó de la silla y se dispuso transitar los escasos metros que separaban su computadora de la cama.
Si algo lo sorprendía sin que su extrema racionalidad pudiera darle respuestas precisas, como un programa, en apariencia visual tan simple era capaz de capturar tantas mentes disímiles, con orígenes diversos, historias distintas, formaciones o capacitación tan distantes, en muchos casos, unas de otras. El “me gusta”, “bonito”, “nice”, “amix te reeequierooo”; “que lindas palabras amix”; “sos un amor”, y tantas otras expresiones de ese tenor, resultaban tips adaptables a cualquier contacto. Todo ello matizado por un sinnúmero de aplicaciones, que según lo que se quiera decir, permiten transmitir estados de ánimo, deseos hasta no permitidos por auto restricción expresarlos a viva voz, salvo excepciones. Como solía decir una vieja amiga suya, recordó sin borrarse una sonrisa muy parecida a una mueca de resignación, el derecho al lance lo tienen todos. Todo claro está, según el color del cristal con que se mire.
Su mente, capturada ya por las turbulencias del día, comprendía el resultado pero no la mecánica exacta de esta moderna forma de “comunicarse” sin dialogar.
II.-
En realidad, se decía a sí mismo con tono conformista, mientras abría la puerta que separaba el comedor del dormitorio, precedido por un pasillo, cada uno muestra allí la forma que desea o quieren que lo vean o imaginen.
Todo se le hacía difícil, reflexionó, mientras que al unísono su mente le dictaba: no le des vuelta amigo, sigue el juego hasta donde dé; ya te darás cuenta cuando el “game over”, esa placa con lógica implacable, te anuncie el no va más.
III.-
Encendió la luz del pasillo que lo conducía al dormitorio; no hacía falta en realidad porque el resplandor del televisor encendido iluminaba suficientemente un camino que podía recorrer con ojos cerrados. Camino casi sigilosamente…siempre sus desplazamientos eran parsimoniosos, serenos, aunque el corazón y la mente estallaran. Mientras daba esos pasos recordó una frase del gran Leonardo Da Vinci que había volcado en su conversación de chat: “la impaciencia es madre de la insensatez”. La paciencia, se repitió varias veces en millonésimas de segundos, es prudencia, es el paso a paso tan conocido, el hacer las cosas a su medida y armoniosamente.
Para evitar el desencanto es necesario comprender la naturaleza de cada cual, como la moraleja del alacrán…si está en su naturaleza picar, no pretendas que deje de hacerlo…o lo ayudas a cruzar el río, o lo dejas, pero no pretendas que dejé de intentar picar.
IV.-
Se volvió sobre sus pasos y apagó la luz del pasillo, la pantalla resplandeciente del televisor era suficiente guía. Confiado en sus propias convicciones, recordó la teoría del origen dependiente, una construcción filosófica del budismo al que le gustaba recurrir para explicarse la conducta humana: todos los fenómenos sociales o naturales, son el resultado de sus vínculos con otros fenómenos. Nada existe en aislamiento total, ni siquiera la dimensión del tiempo.
Despojado de la poesía innata con que los orientales describen sus creencias, vivencias y pensamientos, por aquí solemos decir pensó, que no existen casualidades, sino causalidades. Solo que nosotros, se rebatió a sí mismo, no incorporamos en esta idea a nuestro entorno, la naturaleza; ni somos capaces de transmitirlo como ellos afirman, mediante “potentes imágenes artísticas, henchidas de simbolismo”. Nosotros, los occidentales, eminentemente pragmáticos, no prácticos, recurrimos a expedientes más directos, elocuentes en tanto exacerben nuestros instintos. Para ellos, para su cultura, la imagen de una mujer desnuda, es poesía, es armonía, es un mensaje de amor sublime; para nosotros es la invitación a la “ratoneada”, a imaginarnos haciendo el amor con cada una de las personas que etiquetamos…aunque queramos negarlo, está en nuestra naturaleza. N bien ni mal, para que nadie pueda ofenderse, pensó. Distinto sin duda, eso sí. Me quedo con lo primero se repitió, por convicción, por formación, por una opción de vida.
V.-
Divisó la cama y se sintió aliviado…ahora me acostaré se dijo, miraré cualquier “cosa” en tv., esperando dormirse como de costumbre, con el sonido polifónico de ese aparato, que como todos los mortales termina siendo una compañía en las noches, como el mate durante el día.
Había intentando explicar muchas cosas en su charla, con su estilo describiendo imágenes y hasta sensaciones con un lenguaje que a él le parecía claro, pero no sabía hasta donde era comprendido. Haz lo tuyo, atinó a decir su propia conciencia…está en la naturaleza de cada uno comprender la dimensión de lo expresado…si le quedaron preguntas, señal de buen augurio.
Mientras proseguía ese corto camino hacia la cama, recordó que el aprendizaje de las cosas y de las personas, es para cada ser humano vital para el conocimiento, y el conocimiento esencial para la tranquilidad espiritual, aún cuando pueda suponerse lo contrario. La idea del saber divergente, de pensar distinto al otro es la clave del aprendizaje y del conocimiento. Pregunta el que puede y contesta el que sabe, reza un pensamiento ya clásico.
Sin proponérselo, la mente, ese extraño vehículo capaz de impulsarnos hacia adelante o hacia nuestro pasado sin solución de continuidad, lo remontó a sus épocas de profesor universitario. Siempre comenzaba el ciclo de los cursos con una afirmación: No vengo a entregarles respuestas, vengo a generarles preguntas. Esa es la base del conocimiento.
Muchos años después pudo comprobar a través de la lectura que el conocimiento profundo de uno mismo y la comprensión de la naturaleza de las cosas es una “cuestión del corazón”; que con ello se sostiene un ideal humanista que es la base de la sociedad misma. Los corazones enfermos, débiles, son adaptables al mercado del espectáculo o de la “salvación”, son ganados por la incertidumbre, la intranquilidad, la inseguridad. Parecer, es una consigna mucho más fuerte que ser.
VI.-
Recordó en ese punto una frase; se volvió nuevamente sobre sus pasos, tomo el libro que como una invitación permanecía abierto y esperaba sobre una mesa ser leído. Busco presuroso una página y leyó para sí una transcripción de otro libro –“El gran saber”-: “Investigadas las cosas, el conocimiento llega a su culminación. Culminado el conocimiento, sus pensamientos se sinceraron. Sincerados sus pensamientos, su corazón de rectificó. Rectificado su corazón, las personas se cultivaron. Cultivadas las personas, sus familias adquirieron orden. Ordenadas las familias, el Estado puede gobernarse correctamente. Bien gobernados los asuntos del Estado, todo el reino quedó en paz y fue feliz”.
VII.-
Cerró el libro, se desvistió y se dejó caer pesadamente sobre la cama. Mientras intentaba situarse en la trama de la serie que proyectaban en el canal, pensó por un momento cambiarlo para escuchar las noticias… pero un instinto de conservación adquirido por estas tierras, lo desmotivó en un instante.
Una leve sonrisa lo devolvió a sus pensamientos, y recordó: “Eres tu propio maestro. Quien podría serlo sino tú. Cuando hayas podido controlar tu propio yo, habrás encontrado un maestro de rarísimo valor”.
VIII.-
Tomó en sus manos un libro que siempre lee una y otra vez: “Oraciones del mundo”. En el intento se deslizó entre las hojas un papel escrito a máquina…lo sujetó y leyó una frase de Pablo Neruda que su hija hacía varios años le había enviado por mail.
“Querido papi
Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y esa sólo esa puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas.
Te quiero mucho y deseo profundamente que ese día sea el mejor de tu vida. Disfruta de tu ser y cuídalo mucho. Te quiero muchísimo…”
IX.-
Guardo el papel y más de una lágrima se deslizo por sus mejillas. Sintió sensaciones contradictorias. Pero sentía que había hecho y actuado según sus convicciones. Estaba, se dijo, razonablemente en paz consigo mismo.
Sí, pensó, al fin y al cabo, ha sido otro día de aprendizaje.

Cerró los ojos, había sido un día muy largo. Quería dormir…

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