La fuerza del amor

La fuerza del amor

Después de arreglar su casa, y minutos después de almorzar la joven mujer dejaba su delantal de lado, traspasaba la puerta de entrada y se detenía en el portal de su casa.
Había mucho de hábito en ello, ya que despedía a esa hora a su hija que partía hacia el colegio, pero también de rito casi sagrado. Todos los mediodías, había observado durante mucho tiempo la misma pintura mundana del barrio.
Extrañaba ya esa escena cuasi familiar en el que con su paso cansino, el hombre que calculaba tenía más de 85 años, invariablemente en ese horario pasaba por la puerta de su casa, y al rato volvía con su bolsita con algunas frutas. Hacía tiempo no lo veía, nada sabía de él y en su interior deseaba en cada día volver a verlo. Es que, cada vez que recordaba la corta historia vivida la imagen de ese hombre la ternura invadía su alma. Era, pensaba, como ver el amor caminando.

Había vivido esa escena durante mucho tiempo, no podía precisar cuánto, pero constituía ya una parte de su vida. Nunca hablaba con él, solo se saludaban. Una perdida costumbre de las grandes metrópolis, pero que ahí, en su ciudad con alma de pueblo, aún se conservaba.
Tiempo atrás solía verlo con la señora, pero últimamente ese hombre que tenía marcado en su rostro los pliegues de la vida, recorría esa cuadra solo, sin apuro como deteniendo el tiempo.
Qué lindo llegar a esa edad y poder caminar como él, pensó, mientras acomodaba su cuerpo en un viejo banco de tronco que su padre hacía muchos años había hecho y colocado casi recostado sobre la pared, justo al límite de la puerta de entrada.

En un momento, la presencia de ese hombre que era parte de la geografía de su barrio, le hizo evocar a la figura de su padre. Es inevitable en el ser humano, cuando reconoce en una persona mayor algún rasgo que lo identifica con sus padres. Una mueca como sonrisa se desprendió de sus labios y recordó a su padre. Ese ir y venir, su mirada que denotaba la paz de su espíritu, y la calidez de su trato que intuía en ese saludo cotidiano, le trajo a su memoria en tiempo presente, a quien extrañaba por su ausencia física, pero le arrancaba una sonrisa al recordar abrazos, esos besos que ahora le faltaban y un te quiero que había aprendido a expresarle a ese padre enfermo que en cada caricia, y en cada beso comenzaba a despedirse de esta vida.

Mientras el sol de mediodía ya brindaba tibieza a ese invierno que se negaba a partir, siguió recordando.  Sentía una profunda admiración y cariño por ese ser maravilloso, que silenciosamente se desplazaba por la vereda de su casa. En algún momento, recordó, hasta pensó en pararlo y en preguntarle, a raíz de una singular y única charla que habían sostenido hace un tiempo, acerca de unos papeles…
Papeles, se dijo así misma, que eran el reflejo del amor de ese anciano hombre por su mujer, ausente ya de esas caminatas diarias.

Recordó entonces, como un flash aquella tarde en que el azar, si es que existe, les había permitido coincidir en tiempo y espacio.
Sin poder precisar por qué razón la había llevado a cruzar una ruta que corta su pueblo cerca de su casa, pudo divisar a ese hombrecito, que casi a la par suyo, se disponía a cruzar sin darse cuenta que un camión que se desplazaba por aquélla ya se encontraba en su línea de cruce.
En una décima de segundo comprendió que el viejecito sería atropellado por ese camión. Le grito como advirtiéndole del peligro, lo tomó de la mano y lo tiró para atrás. El camión pasó silbando su bocina hasta que se hizo inaudible.
El anciano la miró, y con la serenidad de un patriarca le dijo:
-      Justo a tiempo, no me di cuenta…
-      Mire abuelo, replicó ella, tenga cuidado…espere…es peligroso este cruce…yo lo acompaño…adonde va?
-        Aquí nomas, dijo él, por unas fotocopias.
Cruzaron juntos la ruta y casi tímidamente le preguntó:
-        Y que va a fotocopiar abuelo, si se puede saber.
-        Ahhhh, dijo él mirándola casi con complicidad al tiempo que le respondía: algo de todos los días. Son poemas.
-         Poemas?....Ud. los escribe?
-    Sí, respondió, los escribo para mi señora. Ocurre que ella ya no puede caminar, pero yo sí. Entonces, le dijo, como pretendiendo aclarar la razón de su respuesta, para que queden más lindos los hago pasar por la computadora y los fotocopio. Así ella los guarda.
Que ternura el viejito, se dijo a sí misma. Cuanto amor desplegado en cada caminata, en cada verso, en cada gesto de ese ser que ya la había atrapado definitivamente.
- Algún día podrá mostrarme alguno para leerlo?
- Sí hija, cómo no!...cuando te vea te daré para que lo leas.
La voz de su hija despidiéndose la hizo regresar al tiempo presente. La escena del ritual diario que había recordado había terminado. El viejo ya no pasaba por su casa, y su hija caminaba rumbo al colegio.
Suspiró y en voz baja se repitió varias veces: Ama de casa, al fin….
Ya en el interior de su hogar, pensó una vez más que sería de ese viejo amoroso que había conquistado su corazón. Hacía varios meses que no lo veía pasar, y nunca supo dónde vivía.

Una y otra vez la imagen de ese hombre, que irradiaba ternura, paz y sabiduría para vivir, contrastó con su dura realidad que intentaba revertir.
Así lo veía al viejo. Así deseaba sentirse.
Mientras se servía un mate, ese insobornable compañero de alegrías, tristezas, nostalgias e ilusiones, una indescriptible tranquilidad iluminó su espíritu.
Y recordó parte de una frase cuyo autor desconocía:

La paz no depende de nada exterior.
...La paz que estás sintiendo, es tuya.



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