Hacia el infinito
Entrevista a Jane Hawking, ,
la mujer de Stephen Hawking durante 25 años. Se casó con el genio a los 21
años, cuando él ya estaba enfermo. Escribió el libro en el que se basa "La
teoría del todo", la película sobre la vida del físico que se estrena la
semana que viene. Por Patricia Kolesnicov
–¿Ese matrimonio marcó su vida?
–Oh, sí, sí, sí, sin duda. Era
mi razón de ser, era mi carrera, era todo, todo para mí.
La voz de Jane Hawking llega
suave, apenas audible, amabilísima, desde su casa en Cambridge, Inglaterra.
Habla cuando allí son las cinco de la tarde y acaba de cortar con una radio
colombiana. Ahora, a los 70 años, los medios hacen (hacemos) cola para hablar
con ella y es un poco gracias al cine: en unos días se estrena en el país La
teoría del todo, la película que cuenta su vida con el físico (y megaestrella
mundial) Stephen Hawking y que se basa en un libro que escribió ella: Hacia el
infinito.
Fueron veinticinco años de
matrimonio, que empezaron cuando ella tenía 21 años y ya sabía que ese chico de
23, inteligente, de ojos lindos, con un sentido del humor que la podía, ese
chico tenía una enfermedad degenerativa que lo iba a deformar, postrar, matar. Dos
años le dieron cuando se la diagnosticaron. Ella se casó igual. Tres hijos tuvo
con ese hombre vivió y vivió y vivió pero se fue quedando en silla de ruedas,
sin control de sus brazos y hasta necesitó, para respirar, una traqueotomía que
no lo dejó hablar más... por lo menos por medios naturales. Lo cuidó, le hizo
de intérprete, le aguantó los (muchos) caprichos, le corrigió pruebas. Y un
día, en 1990, él la dejó por la enfermera.
Pero hay más gente en esta historia. Está también
Jonathan, un músico que conoce a Jane cuando es un viudo joven, que durante
mucho tiempo es un amigo cercano de la familia, que les enseña piano a los
chicos y acerca la silla de Stephen hasta el mar. La atracción entre Jane y
Jonathan se cae de maduro. "Si necesitás alguien que te ayude, no me voy a
oponer", le dice Stephen a Jane en la película. Y así viven, como una
familia ampliada, ante quienes les gusta y antes quienes no (que los hay). No
hay finales buenos y ese tampoco lo fue: Jane llega a describir a Hawking como
un déspota; él, en la ira del final, le grita "infiel" (o eso es lo
que ella, que es elegante, escribe). En 2006, él se separó de su segunda mujer
y hoy son amigos.
Mientras tanto, y con un
esfuerzo que dura muchos más años que los que necesita un estudiante que se
dedique a estudiar, ella estudia Literatura Medieval Española. De modo que
habla castellano. Desde lejos, pero en castellano, habla con Clarín.
-Usted se casó con un hombre con un futuro terrible. ¿Por qué?
-Cuando me casé con Steve
sabía lo que hacía. Pero el diagnóstico era de dos años, yo pensaba que podría
dedicarme a él todo el tiempo que necesitara.
-Usted pensó “me voy a dedicar a tiempo completo pero por poco tiempo”.
-Sí. Pero era la época de la
amenaza nuclear, era posible que una chispa entre Estados Unidos y la Unión
Soviética encendiera una conflagración que terminara con la raza humana, el
planeta, todo. Y estábamos convencidos de que iba a ocurrir. Así que yo me
dije: “Steve no tiene más que dos años de vida, pero quizás yo no tengo mucho
más tampoco, tres, cuatro, años….” El fin de la raza humana estaba llegando.
-Usted suele decir que no se casó solo con Stephen...
-Eramos cuatro: él, yo, la
diosa de la Física y la Enfermedad.
-¿Y usted de quién estaba enamorada?
-¡De Stephen! El muchacho de
la película (Eddie Redmayne) es parecidísimo a Stephen y me pena ahora verlo
como era cuando lo encontré por primera vez. En la película es un hombre muy
guapo. Así fue. Me enamoré de su sentido del humor, de su inteligencia, de la
manera como expresaba sus opiniones.
-En el libro usted explica ideas de Física. ¿Hablaban de lo que él
investigaba?
-Ah, sí, sí. A mí me fascinaba
la física, el Universo… Uno no necesita más que ver el cielo por la noche para
ponerse a pensar en cosas filosóficas... Por qué estamos aquí.. mira qué
maravilla... Y además yo estaba casada con un hombre que estudiaba tales cosas.
El me explicó que si te hallases al borde de un agujero negro, el agujero te
jalaría y saldrías como un pedacito de spaghetti.
-Pero usted se puso a estudiar algo muy lejano, Literatura Medieval...
-Cuando llegué a Cambridge no
se respetaba a las mujeres que eran sólo esposas o madres. Tenía que ganarme
una presencia académica, asegurarme una identidad por fuera de Stephen. Ser
mujer era ser nadie.
-El libro cuenta mucho el lugar difícil de las mujeres. Y también las
dificultades con el sistema de salud inglés.
-Uno de los motivos para
escribirlo fue atraer la atención de gobierno, las autoridades, los servicios
sociales, sobre la situación en que se hallan las familias de pacientes con
enfermedades degenerativas. Todo el peso recae sobre las familias. Estas
razones todavía son válidas: hay un millón de niños que cuidan familiares
enfermos en Inglaterra hoy.
-El suyo lo hizo.
-Me preocupé mucho cuando
empecé a depender de Robert, mi hijo mayor. el no tenía más de diez años. El no
habla mucho de esto hasta hoy, y sigue siendo muy leal a su padre.
-Usted es una católica creyente, Stephen un ateo convencido. ¿Cómo
pudieron estar juntos?
-Para mí la fe es algo muy
íntimo, no algo que haya que imponer. Yo he respetado su ateísmo. Y más tarde,
muchísimo más tarde, me dolieron cosas. Estábamos en Jerusalén, y él decía que
era ateo. Yo me preguntaba cómo podía hacer esas declaraciones tan bruscas, con
tanta certeza, en el lugar más sagrado del mundo para el judaísmo, para el
islam, para los cristianos. Eso me ha dolido. El estaba en sus coloquios
físicos todo el día y yo iba a solas por la ciudad, por los sitios por donde
anduvo Jesús.
-Si él lograba demostrar el origen del tiempo ¿no refutaba la
existencia de Dios?
-El decía que no había
milagros pero y yo le contestaba: "Es un milagro científico, un milagro de
la humanidad que tú estés vivo, después del diagnóstico de dos años de
vida". Y además, le decía yo, cómo es que nosotros existimos. Los
científicos quizás pueden explicar cómo es que estamos aquí pero no pueden
decirnos por qué estamos aquí. Además, hay cosas que existen fuera de los
hombres. Por ejemplo, las matemáticas. Existen con o sin nosotros.
-Eso es jugar con las armas de Stephen.
-¿Por qué no? Hay que
enfrentar a Steve en su terreno.
-A él le importaba lo que usted pensaba?
-En los primeros años sí y
discutimos mucho. Cuando él se puso más enfermo, tenía que dedicar toda su
fuerza explicar a otros científicos sus puntos de vista y no le quedaba energía
sino para beber, comer y trabajar. Quizás en ese momento fue más frágil nuestra
comunicación.
-Usted cuenta que a medida que pasa el tiempo, los intereses de Stephen
fueron su trabajo y su salud y nada más. ¿Consiguió ser padre de sus hijos?
-Sí, pero antes. La crianza de
Tim (nuestro tercer hijo) fue en una época muy difícil. Desde el nacimiento de
Tim, en 1979 hasta el 85. El casi había perdido la voz, se lo oía apenas. Y una
docena de personas en el mundo podíamos entenderlo. Teníamos que preguntarle
"¿qué?" "perdón, no entiendo, ¿puedes repetirlo?" Y pobrecito
él repetía. Un estudiante lo acompañaba a sus conferencias: él decía lo que
quería decir, el estudiante repetía. Cada conferencia duraba muchísimo, tuvo
que aprender a condensar lo que quería decir en muy pocas palabras.
-En algún momento usted tuvo que decidir entre su vida y su muerte.
-En 1985, en Ginebra, Steve
cayó muy enfermo de una neumonía, y después necesitó una traqueotomía para
poder respirar. Después de eso no pudo hablar más. Yo les había dicho a los
médicos: “Steve tiene que seguir viviendo, yo soy la persona que quiere darle
la vida, no estoy aquí para darle la muerte” y decidí que la hicieran.
Pobrecito. Pero, otro milagro, en Estados Unidos se estaba creando un ordenador
con voz sintética que trajeron a Inglaterra. Y al poco tiempo, otra vez supo
hablar, podía hablarles a audiencias. Para él fue una vida nueva.
-¿Y la comunicación entre ustedes mejoró?
-Pues... no. Estaba tan
obsesionado con la Física que a veces los fines de semana se sentaba en su
silla de ruedas con el mentón en la palma de lamano, pensando. Y yo preocupada
porque no sabía si necesitaba algo, si los chicos lo molestaban, si había
ruido, si estaba incómodo… nada. El lunes por la mañana, me sonreía: “Bueno, he
descubierto un gran problema de la Física”.
-¿Y usted qué pensaba?
-Que estaba absorto en la
Física… un poco hay que decir que yo estaba disgustada. Pero ahora entiendo que
los genios son así. Einstein olvidaba ponerse los calzoncillos… viven fuera de
este mundo.
-¿Hubo algún momento en que fue feliz con él?
-Sí, claro, muchas veces. Y
estaba muy orgullosa. Fuimos felices, sobre todo con los primeros bebés, que
adorábamos. Y con Tim también.
-¿Hay algún vínculo entre la discapacidad de Stephen y su trabajo como
físico?
-Así es. La enfermedad lo
ayudó a ser el físico que es. El decía que no tuvo que hacer nada más que
dedicar toda su vida a la Física. Y para él eso fue una ventaja.
-El beneficio secundario de una enfermedad terrible.
-También le costó muchísimo
trabajo porque, como no podía escribir, tenía que hacer todo su trabajo en el
cerebro. Alguien ha dicho que es como componer una sinfonía en la cabeza. Por
eso yo lo admiraba y no podía criticarlo. Sabía la lucha que tenía que dar para
sobrevivir en el mundo académico.
-Pero una universidad no necesitaba un atleta.
-En esa época no había respeto
para los discapacitados y además todo el mundo tenía que enseñar y Stephen no
daba cursos para estudiantes.
-Una universidad necesita un cerebro, pero una esposa necesita un
cuerpo.
-Yo era el hombre de la casa,
la madre y el hombre, tenía que hacerlo todo.
-Pero además alguien que la abrazara, algo afectivo..
-En la película lo hacen muy
bien, cuando llegó Jonathan, mi segundo marido, a mi vida fue para mí un alivio
enorme. Volver a vivir.
-Con él, tuvieron una forma de organización familiar sin prejuicios.
¿Fue difícil?
-Adentro estaba bien. Pero
hacia afuera… En Cambridge estaba bien, es una sociedad muy discreta. Pero con
otras personas, sobre todo con las enfermeras, que susurraban… Nosotros, la
familia, terminamos sintiéndonos arrinconados, como si nosotros no tuviésemos
ninguna importancia. Estas personas tan insensibles nunca se dieron cuenta de
que había un largo largo pasado entre Stephen y yo.
-¿Stephen aceptaba la presencia de Jonathan de manera explícita o no
hacía falta decir nada?
-Me dijo que él entendía que a
mí me hacía falta alguien para ayudar. No se fueron a tomar cerveza juntos,
pero tácitamente, funcionaba. Con Jonathan y yo, juntos, Steve podía hacer
cosas como, por ejemplo, ir al borde del mar. Son escenas ahora veo en el cine
y me conmueven.

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